1 ago. 2012

MÁS VALE PREVENIR QUE LAMENTAR

La gestión del riesgo de desastres

Se viene un gran terremoto en Lima y con él se viene un gran desastre. Estos dos enunciados son tan fatalistas como ciertos. En los medios de comunicación, las proyecciones y especulaciones están a la orden del día. Pero más allá de la pregunta sobre el grado de afectación al que estaremos sujetos, pasado un tiempo la pregunta una vez más será: ¿qué hemos aprendido?

No es necesario esperar el desastre para sacar conclusiones. Sabemos desde ya cuáles son los problemas, cuáles sus causas y cuáles las posibles soluciones. Sin embargo, seguimos exponiéndonos al riesgo de sufrir desastres. Es más, seguimos generando más riesgos. Porque hay algo que debemos terminar de entender: no existen los desastres naturales. Lo que hay son fenómenos naturales que nosotros convertimos en desastres al exponernos a ellos. Siendo así, de lo que se trata es de reducir nuestra vulnerabilidad frente a estos peligros, llámese terremoto, fenómeno de El Niño, helada, sequía, etc. Esto requiere de algunas explicaciones.

Entre quienes están vinculados profesionalmente a los desastres (los “desastrólogos” como se les conoce coloquialmente) se maneja una ecuación que resume el tema:

RIESGO = PELIGRO X VULNERABILIDAD

Para entender lo que se oculta detrás de esta ecuación debemos analizar los factores cuidadosamente.

El factor peligro (o también amenaza) posiblemente sea el que todos entendamos con mayor facilidad. Hay muchas definiciones del término, todas válidas, pero para efectos de esta explicación lo definiremos como “la posibilidad de la ocurrencia de un evento físico que puede causar algún tipo de daño a la sociedad”.


(foto: Harry Díaz)
Los peligros se dividen en tres grupos: naturales (sismos, inundaciones, sequías, heladas, lluvias torrenciales, vientos huracanados, tsunamis, etc.), antrópicos o tecnológicos (es decir, aquellos ocasionados por el hombre: derrames tóxicos, incendios urbanos, explosiones, etc.) y socio-naturales (es decir, aquellos que parecen naturales pero que se dan por causa de actividad humana: deslizamientos o huaycos por deforestación, salinización de suelos por sobrexplotación de acuíferos, desertificación, etc.). A estos tres grupos habría que sumarle aquellos peligros que se verán incrementados por causa del cambio climático (dependiendo del lugar, éstos podrían ser el aumento de períodos de frío o calor, de inundaciones o sequías, de vientos o lluvias, aumento del nivel del mar, deglaciación y pérdida permanente de fuentes de agua, menor predictibilidad de lluvias, etc.).

Estos peligros de por sí no significan ninguna amenaza para las personas mientras no seamos vulnerables a ellos. Por ejemplo, un terremoto en un lugar apartado de la selva amazónica difícilmente terminará siendo un desastre; tanto como una helada en medio del Sahara. Por ello, el segundo factor es la vulnerabilidad. La vulnerabilidad es la condición por la que las personas y sus medios de vida no están preparados para resistir el impacto de los peligros; es la debilidad de la comunidad para soportar las consecuencias de los desastres.

La vulnerabilidad, a su vez, depende de tres factores: la exposición, el grado de resistencia (o por el contrario el grado de fragilidad) y la capacidad de recuperación (lo que se conoce como resiliencia). Para entender estos tres conceptos imaginemos una vivienda en Zurich, la capital suiza, y otra vivienda ubicada en el cauce de un río seco en alguna zona urbana marginal de la costa peruana. Si pensamos en un peligro, digamos, en sismos, podremos ver que la segunda vivienda está más expuesta que la primera, ya que rara vez se registran sismos de gran magnitud en Suiza. Imaginemos, además, que la casa en Zurich está construida sobre suelos aptos para construcción, que se construyó en base a planos técnicos desarrollados por ingenieros especialistas, que se utilizaron materiales adecuados y de buena calidad, que se respetaron las normas y que además se ha realizado un adecuado mantenimiento de la vivienda. Por el contrario, la otra casa se construyó sobre suelos no apropiados para construcción, sin planos ni especialistas, utilizando materiales inadecuados y nunca se le dio un buen mantenimiento. Muy probablemente la segunda casa sea mucho más frágil que la primera y no podrá resistir los efectos de un sismo fuerte. Por último, en caso la vivienda en Suiza se viera seriamente afectada por algún fenómeno natural (p. ej. un derrumbe), posiblemente su propietario tenga los medios económicos para recuperarse de la pérdida económica. Además, el Estado tendrá un sistema de emergencias instalado que se activará para apoyar a los damnificados; y por último el propietario posiblemente tenga un seguro contra eventos que le repondrá buena parte de la pérdida económica. Para su contraparte peruana la situación no será tan favorable.

Queda claro entonces, que los peligros no nos amenazan por el solo hecho de existir, sino más bien porque nos exponemos a ellos de forma inadecuada, vulnerable. Es así que el riesgo de desastres es la combinación de los peligros con nuestras propias vulnerabilidades. El riesgo constituye una probabilidad de daños relacionada con la existencia de ciertas condiciones en la sociedad. Cuando un peligro se materializa e impacta fuertemente sobre nuestras vulnerabilidades, entonces hablamos de un desastre.

Lo que hay son fenómenos naturales que nosotros convertimos en desastres al exponernos a ellos. Siendo así, lo q se trata es de reducir nuestra vulnerabilidad frente a estos peligros. (foto: Archivo de la red de Periodistas/Comunicadores en Gestión del Riesgo de Desastres)
Estos desastres, en cualquier escala, nos arrojan hacia atrás, nos hacen retroceder en nuestro desarrollo. Esto se entiende de mejor manera con una simple gráfica.
 











 

Imaginemos nuestro desarrollo como una línea que parte de un punto A (el nivel de desarrollo en el que nos encontramos como sociedad, como comunidad, como familia, como individuo) y llega a un punto B (el nivel de desarrollo que alcanzaremos después de un tiempo y tras haber invertido diversos recursos).

Sabemos que el desarrollo no se da de esta manera (y mucho menos es una línea recta), ya que la vida de las personas y de las sociedades se ven sujetas a diversas circunstancias. Entre éstas, el efecto que tienen los desastres se puede graficar de la siguiente manera:
 















Lo que nos muestra el gráfico es lo siguiente: cada vez que sucede un desastre se pierde parte del nivel de desarrollo que se alcanzó anteriormente. Se pierden viviendas, se dañan carreteras, escuelas y hospitales, se lastiman personas, gente muere. Como grupo humano retrocedemos a un estado anterior de desarrollo. Hemos perdido tiempo y dinero.

Cuando finalmente alcancemos el nivel de desarrollo que habíamos esperado lograr inicialmente (el punto B), habremos invertido muchos más recursos y habremos perdido mucho más tiempo que el previsto por causa de los desastres.
Por ende, el objetivo final de la gestión del riesgo de desastres es disminuir ese retroceso que se da cada vez que nos afecta un desastre. En ese sentido, la gestión del riesgo es parte fundamental del desarrollo.
 
¿Y cómo se gestiona el riesgo? Pues bien, tenemos en primer lugar lo que se conoce como la gestión reactiva. Todos conocemos la gestión reactiva gracias al buen trabajo que viene realizando el Instituto Nacional de Defensa Civil (INDECI) desde hace varios años: simulacros de sismo, implementación de almacenes para atender emergencias, identificación de zonas seguras para ubicarnos en casos de emergencias, etc. Todas estas acciones apuntan a reducir los daños que se ocasionarán en un futuro desastre. Es decir, se asume que se viene un desastre y por lo tanto hay que estar preparados para que no nos afecte tanto. Lo interesante es notar que no se evitan desastres sino se trata de disminuir sus efectos.
 
En segundo lugar está lo que se conoce como la gestión correctiva. La gestión correctiva sí trata de disminuir el riesgo de que suceda un desastre. Es decir, no espera que se presente una emergencia que nos va a afectar, sino trata de disminuir la posibilidad de que se produzca el desastre. Para entender la diferencia, un ejemplo. En caso del desborde de un río, la gestión reactiva es aquella que nos va a permitir actuar inmediatamente después del desborde (por ejemplo con equipos para rescatar a personas que hayan quedado atrapadas en medio de las aguas). La inundación sucederá y dañará lo que se ubique en la zona inundada (viviendas, campos de cultivo, infraestructura pública, etc.). La gestión correctiva, por otro lado, será aquella por la cual construyamos un muro de contención para que el río no se desborde. Es decir, vamos a reducir el riesgo de que se produzca un desastre. Se llama correctiva porque va a corregir un error: nunca debió construirse infraestructura alguna en una zona que es vulnerable a inundaciones.
 
En tercer lugar tenemos la gestión prospectiva. Mientras la gestión reactiva asume los desastres como hechos y reduce los daños, y la gestión correctiva reduce los niveles de riesgo existentes, la gestión prospectiva busca no generar nuevos riesgos en los procesos de desarrollo. Se le denomina prospectiva porque busca anticiparse a una realidad futura en el presente. “Si hoy construyo en este lugar mañana seré vulnerable a las inundaciones”. Obviamente, estamos hablando de la planificación del desarrollo y sobre todo del desarrollo urbano. Todos entenderemos que es la mejor forma de gestionar el riesgo: evitando que se genere.

También con adobe se puede construir de manera segura si
se contemplan elementos básicos: ubicación, cimentación, 
mezcla y dimensiones adecuadas del adobe, uso de tecnologías 
de sismorresistencia como la “geomalla”, viga collar, etc. 
(foto: Gari Solórzano)
El Estado peruano ha reconocido hace algunos años que si bien el INDECI ha venido realizando una labor importante en la gestión del riesgo, los esfuerzos se centraron principalmente en la gestión reactiva. Ahora, el Estado ha creado el Centro Nacional de Estimación, Prevención y Reducción del Riesgo de Desastres (CENEPRED) como un órgano adscrito a la Presidencia del Consejo de Ministros, precisamente para gestionar el riesgo de manera prospectiva y correctiva. Adicionalmente, el Ministerio de Economía y Finanzas ha incorporado el análisis del riesgo de desastres como requisito para todos los proyectos de inversión pública en el Sistema Nacional de Inversión Pública, el famoso SNIP. Saludamos y apoyamos estas iniciativas del Estado que ayudarán a cambiar nuestra manera de pensar los riesgos para finalmente empezar a reducir los terribles impactos que tienen los desastres en nuestro desarrollo.

¿Y qué nos toca como ingenieros, arquitectos y urbanistas? Pues bien, tenemos la responsabilidad de incorporar la gestión del riesgo de desastres en las labores que nos competen como profesionales. En las fases de planificación y diseño de una obra se deberá tener en cuenta el análisis de riesgo como elemento fundamental de un buen proyecto. ¿Qué peligros existen en la zona del proyecto? ¿Qué tan vulnerable será la obra a esos peligros? ¿Qué medidas adicionales debo incluir en el diseño del proyecto para reducir la vulnerabilidad de la obra? Estas son algunas de las preguntas clave que debe hacerse todo proyectista antes de entregar su proyecto. Otra responsabilidad ineludible es la de gestionar adecuadamente el territorio, función muy relegada en las últimas décadas por las autoridades del país, desde el nivel nacional hasta el distrital. Debemos ubicarnos en esta coyuntura favorable de toma de conciencia de la sociedad con respecto a la necesidad de gestionar los riesgos de manera adecuada.
 
¿Cómo hacerlo? Eso será tema en la siguiente oportunidad.

Claus Kruse
Director Sur de la Sociedad de Urbanistas del Perú SURP
Jefe de Proyecto de la Cooperación Alemana al Desarrollo GIZ
 

No hay comentarios:

Publicar un comentario